OPINIÓN

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Aproximarnos al conflicto político actual


Por: Juan Romero

Hay que comenzar por establecer, que desde la muerte del presidente Chávez, en marzo de 2013, comenzó a re-establecerse una agenda de conflictividad trasgresora. En este sentido, seguimos a Charles Tilly, quién las define como una interacción pública, episódica y colectiva, entre agentes del Gobierno, miembros del sistema político, desafiadores (actores políticos que carecen de acceso rutinario), sujetos y actores políticos externos. La agenda conflictiva trasgresora, adopta estrategias de protesta que no tenían precedentes.

En este sentido, la elección de Nicolás Maduro en abril de 2013, inauguró un ciclo violento de acciones colectivas que había sido pospuesto desde los acontecimientos y procesos experimentados en el período 2002-2005. Lo que afirmamos, es que existía después de ese período una paz inestable, que es aquella donde no desaparecen las expresiones violentas del disenso y el conflicto, pero las mismas son canalizadas institucionalmente. Desde ese momento, las diferencias y tensiones, habían sido “manejadas” en términos de interacción política institucional, pero lo que experimentan los venezolanos desde 2013, es una elevación del conflicto en formas muy violentas.

Hay que entender, que los miembros del sistema político (partidos PSUV y agrupaciones de la MUD), habían mantenido relaciones tirantes pero no violentas hasta 2013. Después de ese momento, surgen sujetos “desafiadores”, expresados en posturas más extremas y violentas. Tal es el caso de Leopoldo López y María Corina Machado, con su tesis de “la salida”, hecha pública en febrero de 2014. Estos “desafiadores”, mostraron la capacidad de “apropiarse” de una parte de la organización (la MUD), con suficientes personas que le dieron estructura organizativa (movilización, recursos) distinta propiamente a la organización. En este punto, entran los “sujetos” (personas o grupos no organizados como actores políticos constituidos).

Estos “sujetos”, han sido actores financiados externamente (actores externos, vía USAID y NED) que han contribuido a crear una “agenda movilizadora” sobre problemas realmente existentes y preocupantes (inseguridad, por ejemplo, que ha sido desplazada como problema por el desabastecimiento derivado del acaparamiento). Los agentes del gobierno de Nicolás Maduro, han visto su capacidad de contención afectada por la poca efectividad en la confrontación a estos problemas. Han sido más reactivos que propositivos. Es en éste contexto, que deben entenderse la OLP y la denuncia contra bandas criminales.

En las circunstancias de febrero de 2014, los “desafiadores” se confrontaron con los líderes de la MUD, quienes no percibieron en la misma característica, la “oportunidad” brindada por la aparente debilidad del Gobierno de Maduro. Eso nos explica el enfrentamiento entre Capriles y Leopoldo, entre Primero Justicia (PJ) y Voluntad Popular (VP). Estamos en presencia de una oportunidad política (la muerte de Chávez, el triunfo estrecho de Maduro, la crisis económica, el acaparamiento, el dólar paralelo) que magnificado a través de los medios, se transforma en un conjunto de prácticas reivindicativas, que exigen el cese de la acción problemática. Los “desafiadores” actúan en un doble escenario de confrontación: el gubernamental, contra el Estado y los agentes políticos hegemónicos y ante el escenario político propio: contra aquellos que en la organización (la MUD) no “entienden” la oportunidad. Se trata, por lo tanto de imponer el radicalismo político. Los “desafiantes” incluyeron lo que Tilly denominó performances, que son interacciones que siguen un guión. Esos performances, en el caso nuestro, incluyeron contiendas conflictivas innovadoras, en términos de uso de violencias. Las estrategias de bloqueo de calle, ya existentes en repertorios conflictivos anteriores, fueron elevadas al máximo colocando alambres de púas, quitando alcantarillas, incrementando la violencia real existente, con el consecuente saldo de muertos (43 víctimas de la violencia extrema, en la acción de “la salida”).

La contienda es trasgresora, pues incorporó medios sin precedente en la historia de la protesta social en el país. Esas formas de violencia paramilitar, expresan además la influencia externa, que deriva del interés geopolítico que representa Venezuela, por sus reservas de petróleo. Al contrario de las tesis oficiales de agentes del gobierno, la estrategia de una posible invasión, es el último escenario. Más cercano, está el de crear “marcos interpretativos”, donde el estado venezolano (el gobierno de Maduro) es un Estado Fallido (que internamente es incapaz de mantener el orden) y externamente, es un Estado Forajido (violador de DDHH).

Lo innovador de Leopoldo López, es que institucionalizó un marco de acción colectivo violento en extremo, que Capriles pensó (en abril de 2013) pero no profundizó después. En este sentido, la condición de “desafiador” de López y Machado, estriba en el hecho que asumieron una reivindicación (salir del chavismo, “generador” de toda la crisis de la sociedad venezolana, en su perspectiva interpretativa), que marcó un cambio en el tipo de contenido de las estrategia de movilización y confrontación política, que se plantearon después de las opciones electorales de 2006,2007,2009,2010,2012,2013. López y otros desafiadores, transformaron las identidades de los opositores venezolanos, que han optado por una respuesta violenta, no necesariamente electoral, ante la “amenaza” del chavismo sin Chávez, de permanecer en el poder.

López ha introducido una alteración de las estrategias trasgresoras del conflicto, arrimándonos a un escenario de provocación, que puede llevar a un ciclo interminable de violencia, pues esa introducción o cambio en las identidades políticas de la oposición, también produce (en nuestro criterio) un cambio en las propias identidades políticas del chavismo, impulsando en ese sector, posturas igualmente radicales y violentas, en respuesta al protagonismo y los marcos de acción colectiva impuesto por Voluntad Popular. Estamos en el medio de los extremismos de la polarización política en Venezuela. Ante ello, sólo prácticas ciudadanas de entendimiento y decisión democrática, pueden marcar una opción no violenta.